En la materia de Literatura Universal 4º D hemos trabajado algunos mitos grecolatinos y los hemos relacionado con la pintura: Eco y Narciso, Flora, El rapto de Proserpina, La caída de Ícaro, La fábula de Aracne, El nacimiento de la Vía Láctea. Esto nos ha permitido conocer a algunos pintores que representaron esos mitos en sus cuadros: Waterhouse, Rubens, Velázquez, Botticelli, Pieter Brueghel el viejo...
Además de nuestros trabajos de investigación e interpretación, nos hemos atrevido a inventar un mito para explicar algunos fenómenos. Aquí están:
EL LADO OCULTO DE LA LUNA
En los tiempos primigenios, cuando los astros aún eran jóvenes, convivían en armonía los planetas, las estrellas, los satélites e incluso los meteoritos, y se agrupaban en pequeñas comunidades.
Había un satélite anómalo, el cual no pertenecía a ningún planeta. Este vagaba por todo el cosmos sin acompañantes, haciendo pequeñas paradas en otras comunidades, pero nunca se quedaba mucho tiempo. Se hacía llamar Luna, era una esfera rocosa de tonos blancos y grises, con alguna que otra brecha debido a enfrentamientos con meteoritos. Luna era un ser de doble cara, aunque su belleza era indiscutible, es necesario resaltar su carácter árido e irascible que presentaba la mayoría del tiempo.
Después de un largo tiempo viajando de una esquina a otra del espacio, logró acomodarse en una comunidad en la que era muy querida, aunque su naturaleza malvada seguía presente: durante los eclipses su lado oscuro despertaba y susurraba maldiciones al universo. Envidiaba la vida que florecía en Tierra, el respeto que Júpiter imponía con su inmensidad o la inteligencia de Saturno. Ella también quería tener otra cualidad aparte de su belleza, pero su oscuridad la devoraba desde dentro.
Tierra, que la tenía más cerca, fue la primera en descubrir la verdad. Observó cómo Luna cambiaba los mares y como los sueños de los humanos se volvían inquietantes en ciertas noches. Comprendió que Luna era un ser de dos naturalezas, una llena de luz y otra llena de sombras. Preocupada por el equilibrio del cosmos, Tierra ideó un plan. Con su gravedad, comenzó a atraer a Luna, sujetándola con hilos invisibles. Día tras día, noche tras noche, Luna fue quedando atrapada en un lento baile en el que, poco a poco, su lado oscuro quedó oculto para siempre.
Desde entonces, Luna solo muestra su rostro amable a la Tierra, y su lado oscuro quedó condenado a mirar eternamente al vacío del universo. Sin embargo, en las noches de luna nueva, cuando su luz desaparece, los antiguos susurros aún se pueden oír en el viento, recordando a todos que la Luna nunca dejó de tener dos caras.
Daniela Brandao
CREACIÓN DE LOS PLANETASHace miles de millones de años, el universo era un gran silencio, un lugar oscuro y sin forma. Pero dentro de ese vacío había una chispa, a la que se le nombró Kósmiko. Esa chispa era como una pequeña luz que soñaba con llenar el espacio con algo maravilloso e inigualable ya que se sentía sola y quería experimentar algo nuevo. Un día, Kósmiko no pudo contenerse más y explotó en un estallido de sonidos y muchos colores.
El espacio pasó de ser un lugar oscuro a un lugar lleno de luz. De aquella explosión, salieron millones de partículas de polvo y luz que comenzaron a flotar por aquel vacío. Esas partículas eran traviesas, graciosas, muy alegres y no dejaban de moverse, chocando entre sí. Cada vez que se unían formaban algo más grande y sólido.
Al cabo de mucho tiempo, las partículas se agruparon en grandes bolas de diferentes tamaños y colores que empezaron a girar alrededor de enormes llamas que ardían en el centro de todo. Entre todas aquellas partículas, destacaban dos, Étoile y Shams, que brillaban con luz propia; eran enormes y preciosas. Además, tenían una cualidad que no tenían las demás: se multiplicaban y multiplicaban con el paso del tiempo, llegando a ser más de diez, pero se fueron perdiendo en el universo para quedarse solo las ocho partículas más hermosas jamás vistas.
Esas bolas fueron los primeros planetas. Algunos se llenaron de rocas y volcanes porque el polvo que los formó era fuerte y caliente. Otros se cubrieron de agua porque absorbieron la humedad que flotaba en el espacio. Había planetas envueltos en nubes, otros llenos de hielo y algunos que parecían hechos de cristal.
Mientras los planetas giraban alrededor de las llamas centrales, el universo dejó de ser oscuro y vacío. Ahora era un lugar lleno de luz, movimiento y misterios, justo lo que deseaba con fuerza Kósmico. Y aunque nadie sabe qué pasó con aquella chispa inicial, se cree que se desvaneció formando aquellas órbitas por las que se desplazan cada uno de los planetas.
Sabrina Miftah El Izze el Baciri
EL DIOS HURACÁN Y EL AJEDREZ
En tiempos remotos, los huracanes no existían como tal, pero cuando los dioses vieron que los humanos se volvían arrogantes y maltrataban la naturaleza y a sí mismos, moldearon a Huracán como un dios de destrucción que les castigaba de forma recurrente cuando la humanidad olvidaba su lugar.
El dios Huracán actuaba tanto en mar como en tierra, sin control, siempre buscando venganza o redención.
En una ocasión, hace mucho tiempo, había un poblado formado por varias familias bien avenidas. Vivían en casas colocadas unas junto a las otras, en varias hileras y de cara al sol del amanecer. Desde allí, también podían ver los campos sembrados y, al fondo, las montañas, a veces verdes y a veces nevadas.
Era un lugar muy tranquilo. Los niños jugaban sin miedo por los alrededores. Había también animales: perros y gatos cerca de las viviendas; caballos y vacas pastando por detrás; en el aire volaban aves de diferentes tipos… Todo era idílico hasta que llegaba la época de recoger los productos sembrados. Cada año por estas fechas, el dios Huracán se enfurecía porque creía que los hombres se habían olvidado de él, no le respetaban y habían dejado de venerarlo. Era entonces cuando aparecía el monstruo de viento. Con la fuerza de un gigante enfurecido, el tornado arrancaba árboles de raíz; las casas temblaban y los tejados volaban. La lluvia caía sin piedad, arrasando todo a su paso. Las calles parecían ríos, el agua corría sin control, arrastrando todo lo que encontraba en su camino: animales, carros, utensilios de labranza, incluso los enseres de las casas y a las personas que estaban dentro. Cuando el monstruo se cansaba de su furia, se alejaba y el pueblo quedaba irreconocible, desolado: calles desaparecidas, árboles esparcidos por el suelo, arrancados de cuajo, escombros por todas partes y, lo más importante para la población, sus campos totalmente arrasados. Su medio de subsistencia había desaparecido por completo.
La población no sabía por qué ocurría eso cada año. Lo único que conocían era el hambre que pasaban todos a causa de tan grandes pérdidas. Se sentían desolados e impotentes y pedían ayuda entre los vecinos para luchar contra el huracán.
Había un joven en el poblado, educado, fuerte e inteligente; no conocía el cansancio ni la derrota; si se caía, se levantaba con más fuerza que antes. Su nombre era Zenón. Era muy alto y sus cabellos oscuros y ondulados caían sobre su espalda. Tenía los ojos grandes y llevaba el ceño fruncido cada vez que el huracán destrozaba su subsistencia.
Zenón tuvo la idea de proponer al Dios un reto: jugarían una partida de ajedrez y el que perdiera debería irse de allí para siempre.
El dios Huracán soltó una enorme y sonora carcajada, pero aceptó.
Cuando llegó el día, los amigos de Zenón colocaron el tablero de ajedrez en pleno campo. Fuera, hacía un día primaveral: el sol brillaba, se sentía una suave brisa en el rostro del joven jugador y se veía un gesto de fanfarronería en su contrincante.
El tablero de ajedrez estaba tallado en madera de nogal y arce. Las casillas oscuras tenían un tono profundo, mientras que las claras brillaban con la luz del día. Las piezas estaban esculpidas con maestría, hechas de ébano y marfil. Los reyes y las damas, los caballos y las torres… parecían totalmente reales.
Pusieron posición de inicio y comenzaron a jugar. Zenón hizo su primer movimiento con blancas y el dios Huracán respondió moviendo su peón con un gesto invisible.
El joven ajedrecista no solo era fuerte físicamente, sino que poseía la astucia de un estratega que conoce tácticas de guerra y nota la debilidad de su enemigo.
La batalla fue feroz. Zenón analizaba cada jugada con precisión, mientras que el dios Huracán jugaba convencido de que ganaría sin ningún esfuerzo.
El joven movía sus piezas con lógica, con estrategias construidas durante siglos. Pero Huracán no seguía reglas predecibles. Zenón tenía que improvisar cada movimiento, basándose en sus conocimientos.
Finalmente, tuvo que sacrificar su dama para engañar a su oponente y, efectivamente, tras dos movimientos más, Zenón consiguió darle jaque mate.
Tras unos minutos de rabia, Huracán le tendió lo que podía considerarse como una mano y le dijo: “¡Bien jugado!”. Y se fue sobrevolando el pueblo para no volver jamás.
Al día siguiente, el poblado despertó con una luz diferente. Las calles se llenaron de risas y conversaciones. El nombre del héroe triunfador de la partida estaba en boca de todos. Les había devuelto la felicidad y una nueva esperanza.
Celia Sánchez García