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miércoles, 11 de mayo de 2022

TEATRO AMERICANO DEL SIGLO XX

 La popularidad que el teatro estadounidense tiene en todo el mundo se debe fundamentalmente al cine, que ha adaptado, y lo sigue haciendo, sus obras más importantes. A ello he contribuido que la dramaturgia americana, a diferencia de la europea, no se caracteriza por la experimentación o la vanguardia, y se presta bien a que el cine comercial use sus argumentos y diálogos.

 El padre del teatro americano contemporáneo es Eugene O’Neill (1888-1953). De su treintena de obras conozco media docena que reflejan bien sus temas y características. Uno de sus primeros éxitos fue Anna Christie (1922) en la que una mujer, que ha sido prostituta, oculta este hecho a su padre y al hombre del que se enamora. Drama ya algo olvidado que, sin embargo, durante décadas, toda actriz que se preciase deseaba interpretar (en cine lo hizo Greta Garbo). Aquí está el vendedor de hielo (1939) una obra que transcurre en el comedor-bar de una pensión en el que todos los personajes rumian sus frustraciones y deseos, y esperan que algo cambie sus vidas.

 Con cierto carácter simbólico, es fácil relacionarla con Hughie (1941), pieza más corta - casi un monólogo - y poco conocida, en la que un hombre pasa revista a su vida, contándosela a un empleado de hotel, y el espectador va descubriendo la soledad que esconde su verborrea. O’Neill escribió dos de sus más famosos libros influenciado por el teatro clásico: Deseo bajo los olmos (1924), donde actualiza el mito de Fedra, y A Electra le sienta bien el luto (1931) en la que, con este hermoso título, traslada la Orestiada de Esquilo a la Guerra Civil americana. Estructurada en forma de trilogía, igual que la tragedia griega, su enorme extensión hace que sus representaciones (y su adaptación fílmica) opten por la mutilación de escenas y lo que se gana en dinamismo suele perderse en reflexión y grandeza. Su obra maestra es Largo viaje hacia la noche (1941)

El drama de la familia Tyrone compuesta por un tiránico padre, actor alcohólico, su mujer morfinómana y sus dos hijos que, por instrucciones del autor, se estrenó veinticinco años después de haber sido escrita, es una obra de gran dureza que transcurre durante una tórrida tarde, a principios de siglo, donde los personajes se encuentran y desencuentran pero, sobre todo, no se comprenden ni ayudan. En la frase final, la madre, después de la devastación a la que hemos asistido, exclama rememorando su vida: …me enamoré y fui feliz… durante un tiempo. Un ejemplo de cómo una expresión sencilla, colocada adecuadamente, puede ser demoledora. La adaptación al cine que hizo Sidney Lumet es excelente y muy fiel, con una Katherine Hepburn extraordinaria. Tennessee Williams (1911-1983) es quizá el autor americano más popular gracias al cine. Sus barrocos títulos son muy conocidos: Un tranvía llamado deseo (1947), La rosa tatuada (1951), La gata sobre el tejado de zinc caliente (1955), De repente, el último verano (1958), Dulce pájaro de juventud (1959), La noche de la iguana (1961), etc. Llenos de personajes inadaptados, con sexualidades complejas y con secretos que desembocan en escenas explosivas y muy dinámicas, expuestas en un lenguaje muy estilizado y lírico, que resultan  hipnóticas para el lector/espectador.

 El cine ha contribuido a su mítica en las excelentes adaptaciones cinematográficas – aunque rebajadas de tono – que se han hecho de los mismos. Todo el mundo tiene en su cabeza, al pensar en las obras arriba citadas, a las parejas Marlon Brando - Vivien Leigh, Anna Magnani - Burt Lancaster, Paul Newman - Elizabeth Taylor, etc. Iconos imposibles de soslayar cuando se aborda una representación de cualquiera de ellas. Mi libro favorito de Williams es El zoo de cristal (1945), su primer gran éxito.


 Presenta a cuatro personajes: Amanda, mujer abandonada por su marido y que se ha convertido en una madre absorbente; sus hijos, Laura, discapacitada y tímida, y Tom, escritor frustrado; y el amigo de este último, Jim, del que Laura está enamorada y a la que él aprecia pero no ama. Drama de influencia chejoviana, sobre el abismo que separa nuestros deseos de la realidad, algo común a todo el teatro del autor, y sobre la decepción que esto conlleva (el momento en que Laura descubre que Jim no la quiere es sobrecogedor). El título alude a unas miniaturas de cristal que la joven colecciona y que son una bella metáfora de su fragilidad. La obra es más serena y sobria que los otros títulos citados, sin la afectación a la que Tennessee Williams fue proclive. El dramaturgo americano más importante del siglo XX es Arthur Miller (1915- 2005) y no soy nada original si digo que sus obras fundamentales son Todos eran mis hijos (1947), Muerte de un viajante (1949), Las brujas de Salem (1953) y Panorama desde el puente (1955). En la primera de ellas Joe Keller vive atormentado por haber proporcionado material defectuoso al ejército, lo que provocó la muerte de varios pilotos. Al mismo tiempo su hijo, también piloto, lleva años desaparecido en combate sin que su madre acepte su muerte…Como en todo Miller, es excelente la manera en que está entrelazada la tesis de la obra, el enriquecimiento inmoral y la cobardía, con la parte melodramática, en este caso, no asumir la muerte de un ser querido y cuenta además con una gran progresión dramática. 


Muerte de un viajante
creo que es el mejor drama del teatro americano. La tragedia de Willy Loman, el viajante fracasado, es una bofetada al sueño americano y a un sistema social deshumanizado que obliga a buscar ansiosamente el triunfo y en el que solo vales lo que produces, lo que aboca a las personas al desastre. Con una construcción teatral virtuosa, en que personajes del pasado se inmiscuyen en el presente, la tesis de la obra está perfectamente imbricada con el intimismo - relaciones de pareja, incapacidad de expresar los sentimientos etc. - y hacen de la misma una cima de la literatura del siglo XX. Las brujas de Salem está claramente influenciada por la biografía de Miller que, acusado de comunista, durante la Caza de Brujas en los años cincuenta, se negó a delatar a escritores con simpatías izquierdistas. En la obra se narran los sucesos que acaecieron en Salem a finales del siglo XVII cuando una comunidad puritana se ve sacudida por acusaciones de brujería que ocultaban toda suerte de intereses. En ella, el autor demuestra cómo un drama de interpretación cerrada y con vocación pedagógica puede ser una obra maestra, y su visión o lectura debería formar parte de todos los sistemas educativos. En Panorama desde el puente nos habla del problema de la inmigración ilegal y de la pasión de un hombre por la sobrina de su mujer que vive con ellos. Estos dos temas sirven al dramaturgo para tratar el eterno conflicto entre la legalidad y la moralidad. 

El sucesor de los tres autores anteriores sería Edward Albee (1928-2016). Con un gran talento para el dialogo afilado, intentó trasladar a América algunos de los modos del teatro del absurdo europeo. Su fama mundial se debe a la obra ¿Quién teme a Virginia Woolf? (1962).


Drama que transcurre en una noche en que un matrimonio se destroza verbalmente ante la mirada de otra pareja invitada. El magnetismo de sus personajes, la furia de sus discusiones y su ambigüedad (¿están jugando?), la audacia del lenguaje (la primera frase que se oye es una blasfemia) etc, han hecho que se represente continuamente y constituya ya un clásico. A su popularidad contribuyó decisivamente la inolvidable adaptación cinematográfica con unos pletóricos Richard Burton y Liz Taylor. El resto de su producción no carece de interés: La historia del zoo (1958) sobre la necesidad de ser escuchado y con influencias del teatro de Ionesco o Becket; Un delicado equilibrio (1966), que narra las tensiones de una familia actuando como detonante una pareja vecina que se instala en su casa presa de un terror inespecífico; Tres mujeres altas (1991), espléndido texto que nos presenta a tres mujeres que, al final, son la misma persona en diferentes etapas de la vida, y la impresionante La cabra (2002) en la que un hombre engaña a su mujer con una cabra de la que se ha enamorado (¡!). Que al protagonista no le gusten las cabras (no es un zoófilo) sino una cabra, le da a la función un carácter corrosivo que llena de desasosiego al espectador. Otro autor importante es William Inge (1913-1973). Lamentablemente su obra no está traducida al castellano y ha sido poco representada en España, por lo que el conocimiento que tengo de ella es gracias al cine que ha adaptado sus dramas fundamentales: Vuelve pequeña Sheba (1950), Picnic (1953) y Bus stop (1955). En las películas correspondientes, se percibe una gran capacidad para describir a personajes frustrados que buscan su salvación en la aparición de alguien en sus vidas. Curiosamente, una de las obras más popular de Inge fue el guion que escribió para el cine de la famosa Esplendor en la hierba (1961). También, gracias al cine, conocemos la obra de Neil Simon (1927-2018), autor muy popular en Estados Unidos. Sin el talento de todos los anteriores y, mucho menos, sus cargas de profundidad (su teatro no tiene esas pretensiones) demuestra, sin embargo, facilidad para diálogos elegantes y agradables como se puede ver en las películas basadas en sus obras (que adaptó él mismo), por ejemplo: Descalzos por el parque (1963), La extraña pareja (1965), La pareja chiflada (1972), California Suite (1975) o la sensible Perdidos en Yonkers (1991)

 


La influencia de O’Neill, Williams y Miller se ve en magníficas obras de los últimos tiempos: Glengarry Glen Roses (1984) de David Mamet, en la que los empleados de una inmobiliaria compiten entre sí por ser el mejor vendedor, en lo que sería otra vuelta de tuerca a Muerte de un viajante; o Fences (1985) de August Wilson, en la que un matrimonio de afroamericanos, en los años cincuenta, viven desencuentros que tienen sus raíces en el pasado, con resonancias de Tennessee Williams; o Agosto. Condado de Osage (2007) de Tracy Letts, donde la familia de los Weston se reúne, en un caluroso agosto, con motivo de la muerte del padre, para vivir una larga jornada hacia…la soledad con ecos de O`Neill. Las tres (cómo no) han sido llevadas a la pantalla. También se ha adaptado al cine la inclasificable Seis grados de separación (1989) de John Guare que trata sobre las relaciones entre clases sociales, el racismo, el arte, la falta de auténtica libertad…mezclando, comedia y drama con una perfecta construcción teatral. Como ya he dicho, la mayoría del teatro americano se ha popularizado gracias al cine. Sin embargo, las diferencias entre los filmes y las obras escritas pueden ser notables, bien por la censura, o bien por el interés en suavizar o eliminar aspectos considerados pocos comerciales, ya que el cine es muy dependiente de la taquilla. Por lo que la lectura y posterior visión de los filmes puede ser un interesante motivo de reflexión sobre las decisiones de puesta en
 escena que han tomado los directores, pero eso sería materia de otro artículo.

                       FELIPE CUESTA VARELA 

miércoles, 2 de marzo de 2022

LA GRAN NOVELA AMERICANA

 LA GRAN NOVELA AMERICANA:

En 1868 JohnWilliam De Forest utiliza por primera vez el término gran novela americana. Se refería así a una novela que debería ser implícita o explícitamente la imagen de las maneras y emociones del pueblo americano. El concepto hizo fortuna,mucho más que el equivalente en otras literaturas, tal vez porque la nación americana por su juventud y características (un país de aluvión) necesita definirse y repensarse constantemente.

 A partir de ese momento ha habido infinidad de listas y análisis sobre las novelas consideradas acreedoras de este título. Voy a comentar algunas de ellas advirtiendo de antemano que una idea tan resbaladiza como esta se presta a debate y la elección podría ser diferente. También me voy a ceñir a los siglos XX y XXI. Por lo tanto, no estarápor ejemplo, Las aventuras de Huckleberry Finn (1884)de Mark Twainla gran novela americana decimonónica (con permiso de Moby Dick(1851) de Herman Melville  y La letra escarlata (1850) de Nathaniel Hawthorne. 

1925. En el año 1925 se publican tres libros míticos que son claros ejemplos de gran novela americana: El gran Gatsby de Scott Fitzgerald, Manhattan transfer de John Dos Passos y Una tragedia americana de Theodore DreiserLa famosa novela de Fitzgerald cuenta la historia de Jay Gatsby un hombre obsesionado por un amor de juventudDaisy, mujer superficial casada con un millonario arrogante.

 Gatsby, con su mezcla de ingenuidad y desfachatez,sería una encarnaciónde lo americano con sus virtudes y defectos:la capacidad de empezar de nuevo, la consideración del dinero como única medida del triunfo..., en definitiva,lo que caracteriza al sueño americano,pero también su reverso: el posible fracaso o  el azar incontrolable (véase el absurdo final del protagonista). La obra es extraordinaria desde su trascendente comienzo-antes de criticar a alguien piensa en las oportunidades que ha tenido...-a su final,que deja en el lector una profunda melancolía. También es una crónica de los inconscientes y frívolos años veinte y su espectacular desarrollo económicodel que Estados Unidos despierta en el crack de 1929 como a quien le estallainesperadamente,en las manos,una copa de champán. El libro ya es un clásico y tal vez la novela más representativa de las letras americanas del siglo XX. En palabras de Harol Bloom: tiene pocos rivales como la gran novela americana del siglo XX.Evidentemente el resto de la obra de Fitzgerald es menos célebre,a pesar de algún título excelente como Suave es la noche (1934) que cuenta la enfermedad mental de su mujer. 

  Manhatattan transfer es una novela coral que transcurre en la ciudad de Nueva York,auténtica protagonista del libro. Narrada como un puzle desordenado exige un esfuerzo al lectorque se ve recompensando por su gran calidad. Dos Passos da una lección de dominio de los recursos literarios desde el diálogo al monólogo, desde la elipsis a la descripciónproduciendo un efecto impresionista formidable


 

El libro también es una crítica al capitalismo en que decenas de personajes buscan el éxito casi siempre sin conseguirlo.Sindicalistas, emigrantes, actrices, periodistas, vagabundos,etc. forman un calidoscopio triste y desesperanzado cuyos sentimientos están contemplados con sequedad y objetividad. Hay otra obra del autor, la Trilogía USA:Paralelo 42 (1930), 1919 (1932) y El gran dinero (1936), que podría considerarse otra gran novela americana. En ella se cuenta la historia de una docena de personajes mezclada con noticias de los periódicos de la época, letras de canciones, biografías de personas famosas,etc. El despliegue de inventiva del autor es apabullante y como lectura, a pesar de su estructura experimental,es más accesible que Manhattan transfer. Sin embargo, siempre que se habla de gran novela americanase cita a esta última y no a la trilogía, tal vez porque el esfuerzo de condensar en un solo libro una historia tan ambiciosa en fondo y forma es más loable literariamente. En cualquier caso, ambas novelas producen un efecto de gran contundencia expresiva.Theodor Dreiser es un escritor que había debutado con una novela, Nuestra hermana Carrie (1900),que narra el ascenso de una joven hacia el estrellato y lo que en el camino van ganando y perdiendo ella y los hombres que la ayudan. En su momento fue un escándalo y hoy es un clásico. Pero su obra más importante es Una tragedia americana


La historia de Clyde Griffiths,hombre débil y víctima de una educación fanática,que por ascender socialmente llega al asesinatoes una novela absorbente y una dura crítica a un sistema social en el que las diferencias entre clases producen una gran frustración. En este sentido, fue muy promocionaden la antigua Unión Soviética, como ejemplo de la maldad intrínseca del capitalismo. Obra maestra del naturalismo, de fácil lectura, contiene algunos momentos francamente brillantes como el del asesinato en que no se sabe si se produce por error, aun habiendo intención, o no. Esta escena también ha hecho que sea materia de debate en las facultades de Derecho.

 La novela posmoderna según Eduardo Lagola  nace con Los reconocimientos (1955) deWilliam Gaddis. Su característica más evidente es una escritura deliberadamente difícil en fondo y forma serían ejemplos paradigmáticos:El arco iris de la gravedad (1973) de Thomas Phynchon o La broma infinita (1996) de David Foster Wallance..Este tipo de novela, casi un género en sí misma,tiene sus códigos: erudición arrolladora, extraordinario dominio del lenguaje, sentido del humor paródico y kafkiano...Pero sobre todo,es una literatura que exige al lector disciplina y esfuerzo y sus adictono toleran que se salga de este camino de la misma forma que los lectores de best-sellers no toleran que este tipo de librose salgan del suyo. Por ejemplo,A contraluz (2006) de Phynchon supuso una decepción para sus seguidores porque se entendía bastante bien (sic).

Cuál sería la gran novela americana posmoderna? Tal vez Submundo (1997) de Don De Lillo. Dentro de la posmodernidadDe Lillo es de los escritores más accesibles y muchas veces ha tratado temas pegados a la historia reciente de EEUU, desde el asesinato de Kennedy en Libra (1988),excelente disección de Lee Harvey Oswald,al 11 de septiembre en El hombre del salto(2007).En la compleja Submundo analiza a los EEUU después de la Segunda Guerra Mundial teniendo como hilo conductor a Nick Shay,que trabaja en una empresa de gestión de residuos radiactivos y la relación con su mujer,.En la novela se habla de la Guerra Fría, Cuba, Vietnam, los asesinos psicópatas de autopista, las salas de baile de Nueva York, los barrios destrozados por la droga del Bronx, el arte moderno,etc. Comienza de manera deslumbrante describiendo un mítico partido de béisbol (solo por ese primer capítulo ya merece la pena su lecturay aunque no es un libro fácilsu estilo cinematográfico produce un efecto casi hipnótico en el lector,además de un sordo desasosiego. 


El siglo XXI: La narrativa americana no muestra signos de agotamiento en el siglo XXI: Paul Auster, Jonathan Franzen, Siri Hustvedt,Corman McCarthy, Tony Morrison, Joyce Carol Oates, Marilyn Robinson, Phillip Roth,etc., todos han escrito obras maestras en las dos últimas décadas, aunque no necesariamente aspirantes a ser la gran novela americana. Creo que ha quedado claro que la gran novela americana debe ser una gran novela (americana) pero no toda gran novela (americana) puede ser la gran novela americana.Voy a citar una,escrita por un autor irlandés,que opino que sí cumple con los requisitos: Que el vasto mundo siga girando (2009)de Colum McCann.


La conmovedora novela de McCann nos habla del devenir de una serie de personajes en el Nueva York de los años setenta: un sacerdote de origen irlandés, prostitutas, mujeres de distintas clases sociales unidas por la pérdida de sus hijos en la guerra, artistas conceptuales..., teniendo como sorprendente hilo conductor la hazaña de Philippe Petit, el funambulista francés que se paseó entre las Torres Gemelas por un alambre. La elegante y nada impostada manera de encajar todos los personajes en una misma historia o la emoción del bellísimo final hacen su lectura inolvidable. Su siguiente novela Trasatlántico (2013) abunda en lo conseguido en la anterior: un conjunto de historias -en este caso no solo americanas-llenas de sensibilidadunidas de forma sutil. A pesar del carácter americano de todos los libros citados en este artículo,su genialidad y calidad literaria hacen que su alcance sea universal y son muestras del grandioso talento de sus autores para retratar al ser humano.

FELIPE CUESTA VARELA 






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viernes, 7 de enero de 2022

SHAKESPEARE EN EL CINE (por Felipe Cuesta Varela)

 SHAKESPEARE  EN  EL CINE

Cuando de una película se dice que es teatral, en general, se hace peyorativamente. No ocurre lo mismo si se la considera novelesca o poética, que son calificativos usados para alabar. La palabra teatral es así sinónimo de falso frente a la pretendida naturalidad que debería tener un filme. Desde luego el teatro y el cine son artes diferentes y cada uno tiene sus códigos propios. Si rodamos una representación teatral con una cámara quieta, como cuarta pared, podrá ser un gran espectáculo pero no cine. Este tiene su lenguaje (con su caligrafía y ortografía) y el director debe decidir el contenido del plano, si habrá contraplano, o los movimientos de cámara adecuados para lo que quiere expresar. Lo que se llama puesta en escena. Sin embargo, si entendemos lo teatral como la estilización de las palabras, unas formas en la decoración o en el vestuario, cierto carácter en los argumentos etc., tenemos ejemplos magníficos de cine teatral de Kurosawa a Mankiewicz o de Cuckor a Fellini.

Otro asunto es cómo se adapta una obra de teatro a la gran pantalla para que sea cine y al mismo tiempo reconocible su procedencia. O dicho de otra manera, cómo creamos algo nuevo sin traicionar al original. La historia del cine está llena de grandes aciertos y de grandes fracasos en este sentido.

Hay unanimidad en que el autor teatral por antonomasia es William Shakespeare y ha sido llevado al cine innumerables veces. Voy a hacer un breve comentario de algunas de estas adaptaciones guiado simplemente por mi memoria y gusto personal.


El primer nombre que aparece siempre que se habla de Shakespeare y el cine es Orson Welles, que realizó tres películas basadas en sus obras: Macbeth (1948) Othello (1952) y Campanadas a medianoche (1965). Las dos primeras no me parecen memorables pero la tercera. En ella adapta

varias obras del dramaturgo: Enrique IV, Enrique V, Las alegres comadres de


Windsor
etc., creando un filme de una sencillez y  sabiduría extraordinarias. La amistad entre el joven príncipe Enrique (que luego sería Enrique V) y Falstaff su mentor- corruptor y el posterior rechazo de éste cuando el primero llega a rey es la línea argumental que permite al director reflexionarsobre la amistad, el poder y el paso del tiempo. Obra maestra que revela además  un gran conocimiento de los temas y modos de Shakespeare y consigue –con un presupuesto bajísimo- momentos, como la muerte de Enrique IV o la última escena ante las murallas, de una solemnidad y emoción conmovedoras. Por otra        parte, en muchas de las películas de Welles hay presencia de Shakespeare o mejor dicho, de lo shakespeariano: el poder visto de una manera casi física, el amor malogrado, las motivaciones irracionales, la mezcla de lo sublime, lo cómico y lo zafio etc. y esto envuelto en una ambigüedad y en unas escenas de   una intensidad dramática sobrecogedora. Todo ello se puede observar, por ejemplo, en Ciudadano Kane (1941) o Sed de mal (1958).

La cuestión de lo shakesperiano en el cine que no adapta directamente obras del autor, es una derivación interesante, pues películas de muy distinto pelaje

desde Rocco y sus hermanos (1960) o la trilogía de El padrino (1972, 1974, 1990) a Kagemusha (1980) o Antes que el diablo sepa que hayas muerto (2007) participan de ello, pero sería motivo de otro artículo.


La tragedia Hamlet ha tenido tres adaptaciones brillantes. La primera la dirigió e interpretó Laurence Olivier en 1948 y es un magnífico ejemplo de cine teatral. Ayudado por unos bellos decorados, Olivier sirve un espectáculo con unos   encuadres medidos y elegantes a veces hasta suntuosos. Véase


por ejemplo el majestuoso plano del famoso to be or not to be…después de un fiero ascenso de la cámara por el torreón. Olivier era un hombre que venia del teatro donde se había especializado en Shakespeare y esa sabiduría se nota. Lo que es más sorprendente es que consiga una escritura cinematográfica de tanta calidad. Además de interpretar un curioso Otelo en un

    filme no dirigido por él -Otelo (1965)- dirigió e interpretó Enrique V (1946) y

Ricardo III (1955)

Dentro de la obra del Bardo de Avon, Ricardo III es una de las más difíciles de  por el público. Esta dificultad está muy bien expuesta en el documental de Al Pacino, Looking for Richard (1995) donde deconstruye la tragedia a medida que ensaya un montaje teatral de la misma. Olivier, en su filme, vuelve a realizar un buen ejemplo de cine-teatro con una puesta en escena inteligente y precisa, verbigracia el arranque de la película (antes del famoso el invierno de nuestro descontento se vuelve verano…) donde se describe a los personajes y sus relaciones de una manera magnífica y sobre todo muestra como el poder en Shakespeare no es algo abstracto, es físico, es una corona que se pone, que se quita, que se cae...


La segunda gran adaptación de Hamlet la hizo Franco Zeffirelli en Hamlet el honor de la venganza (1990). Con un casting sorprendente (Mel Gibson, Glenn Close…) que sin embargo cumple de manera brillante, dirige una versión que valora los escenarios y da relevancia y una intensidad extraordinaria a escenas como la representación de los cómicos o la conversación de Hamlet con su madre-con una planificación casi sexual- acusándola del crimen del Rey. Zeffirelli es un director de teatro y ópera que como realizador cinematográfico tiene poco interés salvo sus adaptaciones de Shakespeare: además de la comentada, también La mujer indomable (1967) y sobre todo Romeo y Julieta (1968). En esta ultima consigue un obra dinámica, juvenil, sensual y hermosísima con una puesta en escena en la que cada encuadre y sobre todo el movimiento de los actores en el mismo, es antológico como en la famosa

escena del balcón cuya cadencia tiene una delicadeza musical, o la entrada de Julieta en el baile, o las peleas entre Montescos y Capuletos o el final en la cripta…


Zeffirelli convierte a la obra en algo vivo auxiliado por unos magníficos decorados y fotografía, un exquisito vestuario y una extraordinaria banda sonora del gran Nino Rota. Creo que es la mejor adaptación que se ha hecho para el cine de una obra de Shakespeare.



El tercer Hamlet reseñable lo realizó Kenneth Branagh: Hamlet (1996). Branagh traslada la acción al siglo XIX y, a lo largo de más de cuatro horas, despliega una mirada sobre la tragedia del príncipe de Dinamarca impetuosa y pletórica de luz y color. El conjunto es irregular (sobre todo en el último tercio) pero es admirable el desparpajo y la vitalidad de su puesta en escena y la sensibilidad de algunos momentos, como el emocionante parlamento de la reina Gertrudis narrando la muerte de Ofelia. Esa misma vitalidad está presente en otras adaptaciones de Branagh: Mucho ruido y pocas nueces (1993) llena de energía y magia, Trabajos de amor perdidos (2000) fuego de artificio donde osa mezclar a Shakespeare con Cole Porter (¡!) con resultados no desdeñables (a pesar de ser una película maldita) y para su mejor

adaptación, su primera película, Enrique V (1989). En esta versión del clásico, muestra


la parte más humana de la obra, con una fuerza fuera de lo común. El discurso del Rey la víspera de la batalla de Agincourt o cuando el monarca carga con el cadáver del paje y recorre el campo de batalla, seguido de un visceral travelling con el fondo musical del Non nobis son inolvidables.


No podemos terminar este esquemático recorrido sin nombrar a Akira Kurosawa y sus personales adaptaciones de Shakespeare trasladando la acción al Japón feudal en las magistrales Trono de sangre (1957) (basada en Macbeth) y Ran (1985) (basada en El Rey Lear). Kurosawa opta


por una mirada solemne de las obras modificando aspectos argumentales (sobre todo en Ran) pero conservando su espíritu y con tratamientos visuales distintos: fotografía en blanco y negro brumosa para la primera muy acorde con la tragedia sombría que narra y una sorprendente en colores primarios, pictórica, para la segunda que produce una sensación apabullante en el espectador,

casi abstracta por excesiva.

Este año se estrenará una nueva versión de Macbeth: La tragedia de Macbeth (2021) de Joel Coen también en blanco y negro como las de Welles, y Kurosawa. Es curioso, pues la última vez que se llevó al cine la tragedia del rey de Escocia-y de manera estimable- fue hace poco, en el 2015, por Justin Kurzel en color (como la versión de Polansky del año 1971), lo que no hace más que corroborar la fascinación que siguen produciendo en los cineastas y en cualquiera, las obras de Shakespeare: su sabiduría, sus arquetipos, su embriagadora fuerza poética, su incomparable intensidad dramática, sus maravillosas frases que nunca se desgastan y siempre se reinterpretan etc. Porque como dice Javier Marias es “el clásico más vivo y el mayor inspirador para los creadores”

Felipe Cuesta