SHAKESPEARE EN EL CINE
Cuando de una película
se dice que es teatral,
en general, se hace peyorativamente. No ocurre lo mismo si se
la considera novelesca o poética, que son calificativos usados para alabar.
La palabra teatral es así sinónimo de falso
frente a la pretendida naturalidad que debería tener un filme. Desde luego el teatro y el cine son artes diferentes y
cada uno tiene sus códigos propios. Si rodamos
una representación teatral con una cámara quieta, como cuarta pared, podrá ser un gran espectáculo pero no
cine. Este tiene su lenguaje (con su caligrafía
y ortografía) y el director debe decidir el contenido del plano, si habrá contraplano, o los movimientos de cámara adecuados
para lo que quiere expresar. Lo que se llama puesta en escena.
Sin embargo, si entendemos lo teatral como la estilización de las palabras, unas formas en la decoración o en el vestuario,
cierto carácter en los argumentos etc., tenemos ejemplos magníficos de cine
teatral de Kurosawa a Mankiewicz
o de Cuckor a Fellini.
Otro asunto es
cómo se adapta una obra de teatro a la gran pantalla para que sea cine y al mismo tiempo reconocible su procedencia. O dicho de otra manera,
cómo creamos algo nuevo sin traicionar al original. La historia del cine está llena de grandes
aciertos y de grandes fracasos en este sentido.
Hay unanimidad en que el autor teatral
por antonomasia es William Shakespeare y ha sido llevado al cine innumerables veces. Voy a hacer un breve comentario de algunas de estas adaptaciones guiado simplemente por mi memoria
y gusto personal.
El primer nombre que aparece
siempre que se habla de Shakespeare y el cine es Orson Welles, que realizó tres películas
basadas en sus obras: Macbeth (1948) Othello
(1952) y Campanadas a medianoche (1965). Las dos
primeras no me parecen memorables pero sí la tercera. En ella adapta
varias
obras del dramaturgo: Enrique IV, Enrique V, Las alegres comadres de
Windsor etc.,
creando un filme de una sencillez y
sabiduría
extraordinarias.
La
amistad
entre
el
joven
príncipe
Enrique
(que
luego
sería
Enrique
V)
y
Falstaff
su
mentor-
corruptor
y
el
posterior
rechazo
de
éste
cuando
el
primero
llega
a
rey
es
la
línea
argumental
que
permite
al
director
reflexionar
sobre la amistad, el poder y el paso del tiempo.
Obra maestra que revela además
un gran conocimiento de los temas y modos de Shakespeare y consigue –con un presupuesto bajísimo- momentos, como la
muerte de Enrique IV o la última escena ante las murallas, de una solemnidad y emoción conmovedoras. Por otra parte, en muchas de las películas de Welles
hay presencia de Shakespeare o mejor dicho, de lo shakespeariano: el poder visto de una manera casi
física, el amor malogrado, las
motivaciones irracionales, la mezcla de lo sublime, lo cómico y lo zafio etc. y esto envuelto en una ambigüedad y en
unas escenas de una intensidad
dramática sobrecogedora. Todo ello se puede observar, por ejemplo,
en Ciudadano Kane (1941) o Sed de mal (1958).
La cuestión de lo
shakesperiano en el cine que no adapta directamente obras del autor, es una derivación interesante, pues películas
de muy distinto pelaje
desde
Rocco y
sus hermanos (1960) o la trilogía de El padrino (1972, 1974, 1990) a Kagemusha (1980) o Antes que el diablo sepa
que hayas muerto (2007) participan de ello, pero sería motivo de otro artículo.
La tragedia Hamlet ha tenido
tres adaptaciones brillantes. La primera la dirigió e interpretó Laurence Olivier en 1948 y es un magnífico
ejemplo de cine teatral. Ayudado
por unos bellos
decorados, Olivier sirve
un espectáculo con unos encuadres medidos y elegantes
a veces hasta suntuosos. Véase
por
ejemplo
el majestuoso
plano
del famoso
to be or not to be…después de un fiero ascenso
de la cámara por el torreón.
Olivier era
un
hombre
que
venia
del
teatro
donde
se
había
especializado
en
Shakespeare y
esa
sabiduría
se
nota.
Lo
que
es
más
sorprendente es que consiga una
escritura
cinematográfica
de
tanta
calidad.
Además
de
interpretar
un
curioso
Otelo
en
un
filme no dirigido por él -Otelo (1965)- dirigió e interpretó Enrique V (1946) y
Ricardo III (1955)
Dentro de la obra del Bardo de Avon,
Ricardo III es una de las más difíciles
de por el público.
Esta dificultad está muy bien expuesta en el documental de Al Pacino,
Looking for Richard
(1995) donde deconstruye la tragedia a medida que ensaya un montaje teatral
de la misma. Olivier, en su filme,
vuelve a realizar
un buen ejemplo de cine-teatro con una puesta en escena inteligente y
precisa, verbigracia el arranque de
la película (antes del famoso el
invierno de nuestro descontento se
vuelve verano…) donde se describe a los personajes y sus relaciones de una manera magnífica y sobre
todo muestra como el poder en Shakespeare
no es algo abstracto, es físico, es una corona que se pone, que se quita,
que se cae...
La
segunda gran adaptación de Hamlet la hizo Franco
Zeffirelli en Hamlet el honor de la venganza
(1990). Con un casting sorprendente (Mel Gibson, Glenn Close…)
que sin embargo cumple de manera brillante, dirige una versión que valora los escenarios y da relevancia y
una intensidad extraordinaria a escenas como
la representación de los cómicos o la conversación de Hamlet con su madre-con
una planificación casi sexual- acusándola del crimen del Rey. Zeffirelli es un director de
teatro y ópera que como realizador cinematográfico tiene poco interés salvo sus adaptaciones de Shakespeare:
además de la comentada, también
La mujer indomable
(1967) y sobre todo Romeo y Julieta
(1968). En esta ultima
consigue un obra dinámica, juvenil,
sensual y hermosísima con una puesta en escena en la que cada encuadre y sobre todo
el movimiento de los actores en el mismo,
es antológico como en la famosa
escena del
balcón cuya cadencia tiene una delicadeza musical, o la entrada de Julieta en el baile, o las
peleas entre Montescos y Capuletos o
el final en la cripta…
Zeffirelli convierte a la obra
en
algo
vivo
auxiliado
por
unos
magníficos
decorados
y
fotografía, un exquisito vestuario y una
extraordinaria banda
sonora
del
gran
Nino Rota. Creo
que
es
la
mejor
adaptación
que
se
ha
hecho
para
el
cine de una
obra
de
Shakespeare.
El tercer Hamlet reseñable lo realizó Kenneth Branagh: Hamlet (1996). Branagh traslada la acción al
siglo XIX y, a lo largo de más de cuatro horas, despliega una mirada sobre la tragedia del príncipe de Dinamarca
impetuosa y pletórica de luz y color.
El conjunto es irregular (sobre todo en el último tercio) pero es admirable el desparpajo y la
vitalidad de su puesta en escena y la sensibilidad de algunos momentos, como el emocionante parlamento de la reina Gertrudis narrando la muerte de Ofelia.
Esa misma vitalidad está presente en otras
adaptaciones de Branagh: Mucho ruido y pocas nueces (1993) llena de energía y magia, Trabajos de amor perdidos (2000) fuego
de artificio donde osa mezclar
a Shakespeare
con Cole Porter
(¡!) con resultados no desdeñables (a pesar de ser una película maldita)
y para mí su mejor
adaptación, su primera película, Enrique V (1989).
En esta versión
del clásico, muestra
la parte más humana de la obra, con una
fuerza fuera de lo común. El discurso del
Rey la víspera de la
batalla
de
Agincourt
o
cuando
el
monarca
carga
con
el
cadáver
del
paje y recorre
el campo de
batalla,
seguido
de
un
visceral
travelling
con el
fondo
musical del
Non nobis son
inolvidables.
No
podemos terminar este esquemático recorrido sin nombrar a Akira Kurosawa
y sus personales adaptaciones de Shakespeare
trasladando la acción
al Japón feudal en las magistrales Trono de sangre (1957) (basada en Macbeth) y Ran (1985) (basada en El Rey Lear). Kurosawa opta
por
una
mirada
solemne
de
las
obras
modificando
aspectos
argumentales (sobre todo en
Ran) pero conservando su
espíritu y
con tratamientos visuales
distintos: fotografía en blanco y negro
brumosa
para la primera muy acorde con la tragedia sombría que
narra y una sorprendente en colores primarios, pictórica, para
la
segunda que produce una sensación apabullante
en
el
espectador,
casi abstracta por excesiva.
Este año se estrenará
una nueva versión
de Macbeth: La tragedia de Macbeth (2021)
de Joel Coen también en blanco y negro como las de Welles, y Kurosawa. Es curioso, pues la última
vez que se llevó al cine la tragedia del rey de Escocia-y de manera estimable- fue hace poco, en el 2015, por Justin Kurzel en color (como la versión de Polansky
del año 1971), lo que no hace más que corroborar la fascinación que siguen produciendo en los cineastas
y en cualquiera, las obras de Shakespeare: su sabiduría, sus arquetipos, su embriagadora fuerza poética, su incomparable intensidad dramática, sus maravillosas frases que nunca se desgastan
y siempre se reinterpretan etc. Porque
como dice Javier Marias es “el clásico más vivo y el mayor
inspirador para los creadores”
Felipe Cuesta