La popularidad que el teatro estadounidense tiene en todo el mundo se debe
fundamentalmente al cine, que ha adaptado, y lo sigue haciendo, sus obras más
importantes. A ello he contribuido que la dramaturgia americana, a diferencia de
la europea, no se caracteriza por la experimentación o la vanguardia, y se presta
bien a que el cine comercial use sus argumentos y diálogos.
El padre del teatro americano contemporáneo es Eugene O’Neill (1888-1953).
De su treintena de obras conozco media docena que reflejan bien sus temas y
características. Uno de sus primeros éxitos fue Anna Christie (1922) en la que
una mujer, que ha sido prostituta, oculta este hecho a su padre y al hombre del
que se enamora. Drama ya algo olvidado que, sin embargo, durante décadas,
toda actriz que se preciase deseaba interpretar (en cine lo hizo Greta Garbo).
Aquí está el vendedor de hielo (1939) una obra que transcurre en el
comedor-bar de una pensión en el que todos los personajes rumian sus
frustraciones y deseos, y esperan que algo cambie sus vidas.
Con cierto carácter
simbólico, es fácil relacionarla con Hughie (1941), pieza más corta - casi un
monólogo - y poco conocida, en la que un hombre pasa revista a su vida,
contándosela a un empleado de hotel, y el espectador va descubriendo la
soledad que esconde su verborrea. O’Neill escribió dos de sus más famosos
libros influenciado por el teatro clásico: Deseo bajo los olmos (1924), donde
actualiza el mito de Fedra, y A Electra le sienta bien el luto (1931) en la que,
con este hermoso título, traslada la Orestiada de Esquilo a la Guerra Civil
americana. Estructurada en forma de trilogía, igual que la tragedia griega, su
enorme extensión hace que sus representaciones (y su adaptación fílmica) opten
por la mutilación de escenas y lo que se gana en dinamismo suele perderse en
reflexión y grandeza. Su obra maestra es Largo viaje hacia la noche (1941).
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El
drama de la familia Tyrone compuesta por un tiránico padre, actor
alcohólico, su mujer morfinómana y sus dos hijos que, por
instrucciones del autor, se estrenó veinticinco años después de
haber sido escrita, es una obra de gran dureza que transcurre
durante una tórrida tarde, a principios de siglo, donde los
personajes se encuentran y desencuentran pero, sobre todo, no
se comprenden ni ayudan. En la frase final, la madre, después de
la devastación a la que hemos asistido, exclama rememorando su
vida: …me enamoré y fui feliz… durante un tiempo. Un ejemplo
de cómo una expresión sencilla, colocada adecuadamente, puede ser
demoledora. La adaptación al cine que hizo Sidney Lumet es excelente y muy
fiel, con una Katherine Hepburn extraordinaria.
Tennessee Williams (1911-1983) es quizá el autor americano más popular
gracias al cine. Sus barrocos títulos son muy conocidos: Un tranvía llamado
deseo (1947), La rosa tatuada (1951), La gata sobre el tejado de zinc caliente
(1955), De repente, el último verano (1958), Dulce pájaro de juventud (1959),
La noche de la iguana (1961), etc. Llenos de personajes inadaptados, con
sexualidades complejas y con secretos que desembocan en escenas explosivas
y muy dinámicas, expuestas en un lenguaje muy estilizado y lírico, que resultan hipnóticas para el lector/espectador.
El cine ha contribuido a su mítica en las
excelentes adaptaciones cinematográficas – aunque rebajadas de tono – que se
han hecho de los mismos. Todo el mundo tiene en su cabeza, al pensar en las
obras arriba citadas, a las parejas Marlon Brando - Vivien Leigh, Anna
Magnani - Burt Lancaster, Paul Newman - Elizabeth Taylor, etc. Iconos
imposibles de soslayar cuando se aborda una representación
de cualquiera de ellas. Mi libro favorito de Williams es El zoo
de cristal (1945), su primer gran éxito.

Presenta a cuatro
personajes: Amanda, mujer abandonada por su marido y que
se ha convertido en una madre absorbente; sus hijos, Laura,
discapacitada y tímida, y Tom, escritor frustrado; y el amigo de
este último, Jim, del que Laura está enamorada y a la que él
aprecia pero no ama. Drama de influencia chejoviana, sobre el
abismo que separa nuestros deseos de la realidad, algo
común a todo el teatro del autor, y sobre la decepción que esto
conlleva (el momento en que Laura descubre que Jim no la quiere es
sobrecogedor). El título alude a unas miniaturas de cristal que la joven colecciona
y que son una bella metáfora de su fragilidad. La obra es más serena y sobria
que los otros títulos citados, sin la afectación a la que Tennessee Williams fue
proclive.
El dramaturgo americano más importante del siglo XX es Arthur Miller (1915-
2005) y no soy nada original si digo que sus obras fundamentales son Todos
eran mis hijos (1947), Muerte de un viajante (1949), Las brujas de Salem
(1953) y Panorama desde el puente (1955). En la primera de ellas Joe Keller
vive atormentado por haber proporcionado material defectuoso al ejército, lo que
provocó la muerte de varios pilotos. Al mismo tiempo su hijo, también piloto, lleva
años desaparecido en combate sin que su madre acepte su muerte…Como en
todo Miller, es excelente la manera en que está entrelazada la tesis de la obra,
el enriquecimiento inmoral y la cobardía, con la parte melodramática, en este
caso, no asumir la muerte de un ser querido y cuenta además con una gran
progresión dramática.

Muerte de un viajante creo que es el
mejor drama del teatro americano. La tragedia de Willy Loman, el
viajante fracasado, es una bofetada al sueño americano y a un
sistema social deshumanizado que obliga a buscar ansiosamente
el triunfo y en el que solo vales lo que produces, lo que aboca a
las personas al desastre. Con una construcción teatral virtuosa,
en que personajes del pasado se inmiscuyen en el presente, la
tesis de la obra está perfectamente imbricada con el intimismo -
relaciones de pareja, incapacidad de expresar los sentimientos etc. - y hacen de
la misma una cima de la literatura del siglo XX. Las brujas de Salem está
claramente influenciada por la biografía de Miller que, acusado de comunista,
durante la Caza de Brujas en los años cincuenta, se negó a delatar a escritores
con simpatías izquierdistas. En la obra se narran los sucesos que acaecieron en
Salem a finales del siglo XVII cuando una comunidad puritana se ve sacudida
por acusaciones de brujería que ocultaban toda suerte de intereses. En ella, el
autor demuestra cómo un drama de interpretación cerrada y con vocación pedagógica puede ser una obra maestra, y su visión o lectura debería formar
parte de todos los sistemas educativos. En Panorama desde el puente nos
habla del problema de la inmigración ilegal y de la pasión de un hombre por la
sobrina de su mujer que vive con ellos. Estos dos temas sirven al dramaturgo
para tratar el eterno conflicto entre la legalidad y la moralidad. El sucesor de los tres autores anteriores sería Edward Albee (1928-2016). Con
un gran talento para el dialogo afilado, intentó trasladar a América
algunos de los modos del teatro del absurdo europeo. Su fama
mundial se debe a la obra ¿Quién teme a Virginia Woolf?
(1962).

Drama que transcurre en una noche en que un matrimonio
se destroza verbalmente ante la mirada de otra pareja invitada. El
magnetismo de sus personajes, la furia de sus discusiones y su
ambigüedad (¿están jugando?), la audacia del lenguaje (la
primera frase que se oye es una blasfemia) etc, han hecho que se
represente continuamente y constituya ya un clásico. A su
popularidad contribuyó decisivamente la inolvidable adaptación cinematográfica
con unos pletóricos Richard Burton y Liz Taylor. El resto de su producción no
carece de interés: La historia del zoo (1958) sobre la necesidad de ser
escuchado y con influencias del teatro de Ionesco o Becket; Un delicado
equilibrio (1966), que narra las tensiones de una familia actuando como
detonante una pareja vecina que se instala en su casa presa de un terror
inespecífico; Tres mujeres altas (1991), espléndido texto que nos presenta a
tres mujeres que, al final, son la misma persona en diferentes etapas de la vida,
y la impresionante La cabra (2002) en la que un hombre engaña a su mujer con
una cabra de la que se ha enamorado (¡!). Que al protagonista no le gusten las
cabras (no es un zoófilo) sino una cabra, le da a la función un carácter corrosivo
que llena de desasosiego al espectador.
Otro autor importante es William Inge (1913-1973). Lamentablemente su obra
no está traducida al castellano y ha sido poco representada en España, por lo
que el conocimiento que tengo de ella es gracias al cine que ha adaptado sus
dramas fundamentales: Vuelve pequeña Sheba (1950), Picnic (1953) y Bus
stop (1955). En las películas correspondientes, se percibe una gran capacidad
para describir a personajes frustrados que buscan su salvación en la aparición
de alguien en sus vidas. Curiosamente, una de las obras más popular de Inge
fue el guion que escribió para el cine de la famosa Esplendor en la hierba
(1961).
También, gracias al cine, conocemos la obra de Neil Simon (1927-2018), autor
muy popular en Estados Unidos. Sin el talento de todos los anteriores y, mucho
menos, sus cargas de profundidad (su teatro no tiene esas pretensiones)
demuestra, sin embargo, facilidad para diálogos elegantes y agradables como
se puede ver en las películas basadas en sus obras (que adaptó él mismo), por
ejemplo: Descalzos por el parque (1963), La extraña pareja (1965), La pareja
chiflada (1972), California Suite (1975) o la sensible Perdidos en Yonkers
(1991).

La influencia de O’Neill, Williams y Miller se ve en magníficas
obras de los últimos tiempos: Glengarry Glen Roses (1984) de
David Mamet, en la que los empleados de una inmobiliaria
compiten entre sí por ser el mejor vendedor, en lo que sería
otra vuelta de tuerca a Muerte de un viajante; o Fences (1985)
de August Wilson, en la que un matrimonio de
afroamericanos, en los años cincuenta, viven desencuentros
que tienen sus raíces en el pasado, con resonancias de
Tennessee Williams; o Agosto. Condado de Osage (2007) de Tracy Letts,
donde la familia de los Weston se reúne, en un caluroso agosto, con motivo de
la muerte del padre, para vivir una larga jornada hacia…la soledad con ecos de
O`Neill. Las tres (cómo no) han sido llevadas a la pantalla. También se ha
adaptado al cine la inclasificable Seis grados de separación (1989) de John
Guare que trata sobre las relaciones entre clases sociales, el racismo, el arte, la
falta de auténtica libertad…mezclando, comedia y drama con una perfecta
construcción teatral.
Como ya he dicho, la mayoría del teatro americano se ha popularizado gracias
al cine. Sin embargo, las diferencias entre los filmes y las obras escritas pueden
ser notables, bien por la censura, o bien por el interés en suavizar o eliminar
aspectos considerados pocos comerciales, ya que el cine es muy dependiente
de la taquilla. Por lo que la lectura y posterior visión de los filmes puede ser un
interesante motivo de reflexión sobre las decisiones de puesta en escena que
han tomado los directores, pero eso sería materia de otro artículo. FELIPE CUESTA VARELA