miércoles, 4 de marzo de 2015

Relato gótico

¿Sueños?
Me encontré en un gran corredor, profundo, oscuro, que parecía no tener fin.  No sabía por qué estaba corriendo así que paré un segundo a recobrar el aliento y, lo vi. No sabía qué era, no parecía tener silueta, pero podía sentirlo. Podía sentir cómo engullía toda la luz y cómo convertía todo en oscuridad. Eché a correr de nuevo. No sabía dónde ir, ya que el pasillo no parecía acabar. Solo sabía que tenía que escapar de aquella cosa.
Comencé a marearme del cansancio y pronto tropecé con mi propio camisón. Caí desfallecida en el suelo, paralizada y, antes de que aquella cosa tocara la punta de los dedos de mis pies, desperté.
Desperté entre gritos y sudores, sin poder moverme, sólo aterrorizada. Rosie, mi doncella, entró en mi alcoba y vino rauda junto a mí. Comenzó  a tranquilizarme y, con su aguda voz, cantó la canción que mi madre me cantaba cuando era pequeña. Después de darme una tisana, Rosie se fue de mi alcoba. Encendí las velas del candelabro que había junto a mi cama. Me senté frente al espejo y comencé a cepillarme el pelo. Miré mi reflejo. Mediana estatura, piel blanca como la nieve, pelo negro como el hollín, ojos azules como el mar y… un camisón roto. Reparé en que mi camisón estaba roto exactamente en el mismo sitio donde había tropezado en mi sueño. Parecía desgarrado. Pero eso no tenía ninguna lógica, todo había sido un sueño, ¿no? Decidí dejarlo y preguntar a Rosie por la mañana. La campana dio las doce, medianoche. El cielo comenzó a oscurecerse, el viento se levantó haciendo silbar a las ventanas de mi alcoba y apagando las velas del candelabro. Escuché un grito. Me asomé al balcón y… ahí estaba. La oscuridad que, como la niebla, había bajado del cielo. Se abría paso por los laberínticos jardines e iba dejando un rastro de muerte y dolor a su paso. No emitía ningún sonido al avanzar. Solo se escuchaba una respiración, un jadeo. Irrumpió en el palacio rompiendo las puertas y… silencio. Pasaron varios minutos hasta que, a medida que recorría el palacio, se oían gritos y chapoteos de sangre. Avanzaba hacia mi alcoba así que salí, recorrí cada pasillo hasta que llegué al salón de baile y allí me lo encontré. Todo estaba oscuro y solo se veían un par de destellos blancos. Eran dos ojos. Dos ojos que me atravesaban y me deseaban. Empecé a encontrarme cansada y caí al suelo desorientada. Inmóvil, oí una voz. Una profunda voz que decía “ven, ven, ven…” como en un susurro. Una espesa niebla negra me rodeó lentamente. Apareció ante mí una figura, una figura de hombre, una figura humana. Se acercó a mí y, sin expresión alguna en su cara, comenzó a reír cual degenerado. Se acercó aún más. Me tocó el pecho. Comencé a retorcerme en el suelo, a expulsar espuma por la boca y, entre dolor, delirios, risas profundas y oscuridad, noté cómo el alma se escapaba de mi cuerpo y, allí, perecí.
Raúl Casillas Vacas

4º ESO B